Esta semana ha aparecido en varios medios una noticia bastante llamativa: los recién licenciados estadounidenses están abucheando a los directivos tecnológicos que aparecen en sus ceremonias de graduación. El país lo cuenta aquí.
Lo primero que me llama la atención es que en el caso de los jóvenes no parece miedo. Cuando un chaval de veinte años abuchea no es porque tema por su pensión, es porque tiene claro lo que está pasando: las empresas no están contratando a recién licenciados. La promesa implícita de los últimos veinte años (estudia, sácate la carrera y tendrás un trabajo decente) se ha roto. No es una intuición vaga, es la situación real con la que se encuentran al salir de la universidad, al menos en 2026.
El otro grupo de edad que mira el panorama con inquietud es justo el mío: profesionales pasados los 50. Quedarse en paro a partir de esa edad siempre ha sido complicado en informática, pero durante un tiempo hemos tenido un comodín: el software legacy. Cómo había mucho trabajo por hacer, los jóvenes se iban a los sistemas más punteros y los veteranos nos quedábamos cuidando de lo que ya estaba en producción. Mi primer trabajo, sin ir más lejos, fue en una máquina mainframe con un terminal no estandarizado (nada de linux ni windows) corriendo un sistema operativo propietario que sólo gestionaba una empresa. Duró poco, pero a un chaval de la época no le llamaba nada la atención. Y mi trabajo de ahora está en una zona parecida: ni cloud, ni móvil, una base de datos de toda la vida. Los de 50 teníamos asegurado que en algún rincón legacy podríamos seguir enganchados. Pero ese refugio también ha ha desaparecido: las empresas han descubierto que la ia también se apaña bien con código antiguo.
Hay que tomar todo esto con cierta cautela, porque está por ver que la sustitución por ia funcione de verdad. Llevamos un par de años oyendo anuncios grandilocuentes y luego, a la hora de la verdad, los agentes necesitan supervisión humana. Es posible que la ola de despidos por ia se modere en cuanto las empresas descubran que el código generado no se mantiene solo y que el cliente sigue queriendo hablar con una persona cuando algo falla.
Pero para un chaval de veinte años con la deuda del préstamo universitario a cuestas, no hace falta que la sustitución sea total para enfadarse. Basta con que las ofertas para junior caigan a la mitad. Y esto conecta con algo que la historia ya ha vivido: los luditas de principios del siglo XIX que rompían telares en plena revolución industrial no estaban locos, estaban respondiendo a un problema muy concreto de pérdida de empleo. Los abucheos en las graduaciones americanas tienen ese mismo aire: gente joven que ve cómo se le cierra la puerta y que empieza a tener muy claro a quién señalar.
No tengo claro cómo va a terminar todo esto. La versión optimista es que llegue un momento en que ya no haga falta trabajar y el mundo se convierta en un vergel de paz y amor. La pesimista es que las empresas queden en manos de cuatro megamillonarios que terminen encerrados en su búnker por si acaso. Probablemente no será ni una cosa ni la otra, pero estos primeros gritos sí me parecen importantes. Los jóvenes son influenciables y los movimientos populistas llevan décadas demostrando que saben aprovechar muy bien la ira que no encuentra cauce. Conviene ir prestándoles atención.

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