Vamos a ponernos en una escena del futuro, digamos el lejano año de 2026. Imaginemos que estoy planchando unos pantalones y mientras tanto suena de fondo una canción generada por una ia. Las máquinas escribiendo letras y melodías alegremente y yo, mientras tanto, dándole a la plancha. Llevamos años oyendo hablar de las maravillas de la inteligencia artificial, de cómo nos va a cambiar la vida, y de momento lo que tenemos es que la ia compone canciones, dibuja portadas para discos y escribe poemas. A mí, en cambio, me sigue tocando plancharme los pantalones.
La narrativa popular sobre la ia siempre ha sido la misma: las máquinas iban a librarnos de las tareas aburridas o difíciles y nosotros nos íbamos a dedicar al arte, la creatividad y los hobbies. Y ha pasado un poco al revés. Las máquinas se han instalado en la parte creativa y a los humanos nos sigue tocando planchar, fregar y sacar la basura.
Tampoco es ninguna novedad histórica. Me imagino a un conductor de coches de caballos a principios del siglo XX, viendo cómo le adelantaba un ford T por la carretera y pensando: ¿porqué no inventa alguien algo que sustituya a los políticos y a los abogados, y nos dejan tranquilos cuidando de nuestros caballos? La tecnología no inventa lo que queremos, inventa lo que se puede inventar.
Y aquí hay un detalle técnico que me parece interesante. Finalmente (aunque durante años de investigación parecía lo contrario) las tareas creativas son mucho más fáciles de sustituir con ia que las tareas físicas. Una canción mediocre cuesta poco distinguirla de una buena para un oyente despistado, una portada generada con stable diffusion puede pasar por arte sin que nadie se queje, y un texto medio decente es indistinguible del que escribiría cualquier becario. Pero no existe ningún robot que pueda planchar un pantalón, ni bien ni mal. Manipular el mundo físico es caro: sensores, motores, calibración, mantenimiento y un cacharro que no se rompa a la primera. Generar pixels y palabras, por el contrario, ha resultado más factible.
Si me preguntan, reconozco sin problemas que estaría dispuesto a renunciar a una parte del sueldo para que alguien me hiciese todo el trabajo doméstico en mi lugar. El detalle incómodo es que la persona que me paga probablemente esté pensando exactamente lo mismo desde el otro lado de la mesa: cuánto le costaría una máquina capaz de hacer lo que hago yo.
Así que de momento toca seguir planchando, y de momento también toca seguir programando. Pero soy optimista a medio plazo: en cuanto la robótica se abarate un poco más, probablemente acabaremos teniendo en casa un cacharro que se encargue de la ropa, igual que ahora damos por hecho el lavavajillas o la lavadora.
