No recuerdo en qué newsletter, pero acabé el otro día en un artículo de the verge titulado The people do not yearn for automation. Es una entrevista con Nilay Patel y la tesis me llamó la atención: la gente del software acaba viendo el mundo como una colección de bases de datos, procesos, bucles y sistemas optimizables. Según Patel, esa manera de pensar ha sido muy poderosa, pero choca con la realidad de las personas, las instituciones y la vida social, que no se comportan como software.
Entiendo el argumento y tiene parte de razón, pero una parte de mí lo lee con escepticismo. No creo que exista exactamente eso que llama «software brain». O dicho de otra manera, lo que pasa no es tanto que los ingenieros simplifiquen el mundo, es que llevamos décadas construyendo software con las herramientas que había disponibles y esas herramientas estaban limitadas. El mundo es complejo y, hasta hace poco, el software no podía ser ni de lejos tan complejo como el mundo.
Un ejemplo un poco tonto, pero que me parece muy ilustrativo: el despertador. Hace 20 años un despertador te despertaba todos los días a la misma hora, era lo que se esperaba de él. Hoy cualquier móvil distingue entre los días entre semana y los fines de semana y ya no te suena los sábados ni domingos. Pero si nos paramos a pensarlo, el despertador ideal tampoco te despertaría los festivos, ni los días que te has cogido libre, ni los días que estás enfermo en casa. El móvil de hoy todavía no llega ahí. Un asistente de IA con acceso a tu calendario, a los festivos de tu empresa y a alguna pista sobre tu estado físico, sí podría hacerlo. Y probablemente lo haga en cuestión de pocos años.
Así que ese «software brain» que describe Patel tiene en parte su antídoto en la propia evolución del software. La fontanería digital del despertador inteligente no es tan distinta de la fontanería digital de un asistente que decide si hoy te conviene salir antes de casa porque hay atasco o si toca avisar al fontanero antes de que la caldera diga basta. Todo sigue siendo software, pero un software bastante más capaz de adaptarse a las circunstancias concretas de cada persona.
Dicho esto, hay una parte del artículo que sí comparto. Patel pone el ejemplo del derecho: aunque tengamos un cuerpo de normas escritas (leyes), siguen siendo interpretables. No va a existir un sistema que modele completamente todas las situaciones posibles con toda la ambigüedad que tiene la realidad. Eso me parece muy cierto. Las leyes funcionan precisamente porque detrás hay jueces, abogados y jurisprudencia. Quitarle la interpretación al derecho no sería automatizarlo, sería romperlo. Y esa necesidad de interpretación no va a quedarse sólo en los tribunales: va a aparecer también cuando la IA tenga que tratar con personas y, más adelante, cuando varias IA tengan que entenderse entre ellas.
Pero a pesar de esa parte que está bien planteada, creo que el rechazo más fuerte a la inteligencia artificial no viene de ahí. La crítica a que la IA modele torpemente la realidad o reduzca al ciudadano a un registro de base de datos es real y daría para una entrada entera, pero me parece secundaria. El rechazo de fondo viene de algo mucho más concreto: la IA va a quitarle el trabajo a mucha gente. Y eso es un shock muy profundo, parecido al que supuso en su momento la mecanización del campo o la deslocalización de la industria.
Me da la sensación de que en los próximos años vamos a leer muchos artículos parecidos al de Patel. Tendrán razón en algunas cosas, pero en otras estarán atacando a la IA desde el miedo y dando vueltas alrededor del verdadero conflicto sin tocarlo.

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